
Este fin de semana he bajado a la capital del reino para asisir a la presentación de
MÍ. Ese largometraje de
César del Álamo que (como he dicho en otras ocasiones) he tenido el placer de escribir.
Ha sido un viaje relámpago. Llegar, ver la peli, celebralo con algunas (demasiadas) cañas y regresar al norte. Por eso pido perdón de antemano a todos aquellos a los que no he avisado de mi visita a los Madriles. Creedme: No habría tenido tiempo material para veros.
¿Y qué decir de
MÍ? ¿Qué decir de la experiencia de ver la peli con público y en pantalla grande? ¿Qué decir acerca de la temeridad de exponer una obra tan pequeña, tan barata, tan humilde y tan precaria ante un público en el que más de la mitad de los asistentes ni siquiera contaba con la ventaja de saber a qué demonios se enfrentaba?
Pues...
... que estoy contentísimo!!
La película fue acogida con una reacción muy positiva. Mucho más positiva (y en algunos casos entusiasta) de lo que nos habíamos atrevido a soñar.
Mi trabajo en esta peli ha sido el más cómodo de todos. Primero me senté a conversar con César vía mail. Luego me senté a escribir el guión y, acto seguido, me "olvidé" del tema durante un par de años hasta que llegó el día en que (una vez más) me senté (esta vez en una sala de cine) a disfrutar del resultado final.
Aunque resulte extraño, todavía no me acostumbro a la sensación de pertenecer a un equipo que hace algo que luego ve un grupo de gente ajena a dicho equipo y resulta que lo entiende y lo aprecia y lo vive y lo valora.
Por eso mismo, quisiera dar las gracias a todos los que han disfrutado viendo
MÍ.
La frase que más me dijeron tras la proyección, refiriéndose a mi trabajo en la peli, fue: "
Pero, ¿qué mierda tienes dentro de la cabeza?" Lo tomaré como un cumplido pero, ¿en serio hace falta ver esta peli para entender hasta qué punto tengo la cabeza llena de mierda?
Y si algo demuestra esta película, es que
César tiene en su cabeza una mierda muy acorde con la mía, una exquisita habilidad para manipular mi mierda y hacerla suya. Y toda esa mierda no habría salido a flote de no ser por un equipo de gente maravillosa que ha sabido oler toda esa mierda y adivinar sus intenciones. Y cuando digo eso estoy hablando de la dirección artística de
Raúl, y de la fotografía de
Gonzalo, y de la música de
Andrés y de
Matías y el sonido de
David y el pulso firme de la cámara de
Juan y el maquillaje indispensable, complicadísimo de
Aída y los diseños de
Luis, tan injustamente subliminares y creíbles... y los quebraderos de cabeza de
Mario y
Nacho y el señor
Raúl del Álamo y su
Violeta y su pequeña
Buffy, y
Marta diseñando los carteles y dando alientos de ánimo para llegar a metas, y
María fotografiando horrores, Y
Gonzalusky prestando su voz y su presencia talismánica y
Chema desangrándose en descansillos ajenos, con un par de cojones, y
Maya, mi adorada, mi admirada Mayita, deslumbrando por triplicado, a quemarropa...
Y deslizándose entre todos ellos, orquestando toda esta sinfonía de talentos retorcidos tan dignísimos de ser excomulgados,
César, el señor
Del Álamo, con las cosas más claras que nunca, con más sentimiento que nunca, y con más cojones que nadie.
Cuanto más veo esta película, más me doy cuenta de que mi guión es un castillo de naipes. Una estructura de cristal que, debido a los riesgos que asume y a las torpezas en que incurre, se mantiene en pie durante setenta y pico minutos gracias a un precioso sortilegio. Y ese sortilegio está compuesto por las hazañas de los nombres que he citado en el párrafo anterior.